martes

LO INEFABLE DEL LENGUAJE

Según el DRAE, inefable: Del lat. ineffabĭlis, indecible). 1. adj. Que no se puede explicar con palabras.
Y si apuramos un poco más y buscamos una definición algo más extensa, nos aparece esto: Que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras, generalmente por tener cualidades excelsas o por se muy sutil o difuso.
Bueno, pues resulta que cosas excelsas tampoco es que me estén asaltado día sí otro también, pero sí que me ha asaltado el factor inefable del lenguaje. Eso sí, digamos las cosas con propiedad. El factor inefable de la lengua inglesa.
A mí, a la más parlanchina de las parlanchinas que hay en este mundo. A la que de pequeñaja le decían que su hubiera nacido muda reventaba. A la que es incapaz de frenar las palabras que le asaltan atropelladamente la garganta. A la que todos sus amigos miran de reojillo a ver con qué va a saltar esta vez.


Esa, amigos míos, soy yo. Una “yo” que de golpe parece que se ha quedado muda. Y es que la barrera lingüística ha hecho mella en mí y me ha dejado sorprendentemente callada y reservada. Y no es que haya sido porque me he quedado sin nada que decir. Eso no. Pero, cuando algo no sabes como contarlo, como explicarlo, como expresarlo, tu mundo se limita. Te ves atenazado en un espacio donde las ideas fluyen por tu cabeza. Los razonamientos están bien estructurados, son coherentes y con sentido pleno… Pero, eres incapaz de articular un discurso bien hilvanado y comprensible para los que te rodean.
Te asaltan mil dudas y neuras. Te preguntas si habrás hecho bien en lanzarte a la aventura de un país diferente al tuyo, con una lengua que es bastante misteriosa para ti y de la que día tras día te sorprendes más.
Te sientes como pez fuera del agua y una vocecita dentro de ti no hace más que gritar: “Leches!! Con la de cosas que podría preguntar, y explicar… y me quedo aquí calladita sin saber como cogerle los cuernos al toro. Con las ganas que tengo de aprender y también de mostrar lo que sé a aquellos que me rodean”.
Definitivamente, a ratos, estoy Lost in Translation

Por cierto... La foto es de aquí

lunes

DON QUIJOTE "MADE IN LONDON"

Esta mañana, cuando me he conectado al buscador Google ha aparecido esto.


No recordaba que hoy se celebra el nacimiento de Cervantes. Un 29 de setiembre, pero de 1547, y en Alcalá de Henares, es la fecha que tradicionalmente se considera la más fiable para situar al autor en este mundo.
Curiosamente mi día también ha estado marcado por Cervantes. Y como no por su obra cumbre “El Quijote”.
Sí cosas del destino. Lástima que el destino no me depare (espero que de momento) otras cosas más interesantes que reencontrarme con esta novela, once años después de haberla leído por primera vez.
Recuerdo a la profesora que nos la presentó como temario casi único en una asignatura de primero de carrera. Y también recuerdo como un colega de departamento, al saber de “tan grata lectura” nos dijo que éramos unos privilegiados. “Nunca volveréis a acercaros a esta gran novela como lo haréis ahora. Con la inocencia y la candidez de quién la leer por primera vez. Os envidio y me sentiría muy orgulloso de estar en vuestro pellejo ahora”.
Por aquel entonces yo ya tenía bastante desarrollado el humor irónico y algo soscón que ahora ya es como un organismo parasitario que se mueve a sus anchas en mí. Me reí. Me reí mucho y con muchas ganas.
En casa circulaba una edición antigua, de esa de tapa dura con letras en oro. Tenía más años que yo y mi hermana juntas.
Empecé a leerlo, y la verdad, no sé en qué nos envidiaba mi profesor. No os engaño al decir que, literalmente, me quedaba frita encima del mamotreto. Será toda la gran obra maestra de la lengua española, y fundadora del género de la novela. Peeeeero… A servidora le pareció un soberano tostón.
Cual fue mi alegría, el lunes pasado, cuando recibí un correo de uno de mis profesores durante este semestre. Una alegría mayúscula: para esta primera parte del curso vamos a leer “El Quijote”.
No me dio por llorar porque estaba con fiebre y ya estaba llorando por lo mal que me encontraba. ¡No me lo podía creer! ¡Otra vez no me podía estar pasando! Pues sí. Era real, muy real. Extremadamente real.
Tanto como que hoy de dos a cuatro de la tarde he tenido que “sufrir” de nuevo, una clase sobre El Quijote. La obra que nos muestra: el loco cuerdo; el último soñador del mundo antiguo; el que “desface entuertos”; la parodia de los libros de caballerías; la sátira de la literatura de la época; los últimos coletazos del mundo “antiguo” y la inminente llegada de la industrialización; las lecturas simbólicas del romanticismo… Eso que en esencia es tan interesante, pero que a mi me tiene un poco harta y aburrida. El Quijote hasta en la sopa cansa, cansa bastante, y acabas atragantándote con él.
Sí lo sé. Ahora me echaréis a los leones por decir que no me gusta El Quijote. Pero es inevitable. Por lo menos para mí, que aunque le ponga todas las ganas, me quedo frita delante del libro.
Pero es que agarraros…. Lo peor de todo viene cuando lees esto: “In a village of La Mancha, the name which I purposely omit, there lived not long ago, one of those gentleman, who usually sep a lance upon a rack, an old target, a lean horse, and a greyhound for coursing”.
Por poco me caigo de la silla en medio del aula. Yo, la que además de llegar tarde (otra vez la organización ha brillado por su ausencia y nos han mandado al quinto pino a mano derecha en un campus grande grande como un día sin pan), no ha podido callarse esa boquita que tiene y le suelta al profe: “Mmmmm yo me lo he leído en español, hay algún problema?” A lo que me responde: “En español de la época?”. Y yo: “Mmmm sí, no es difícil de entender. Por qué?” A lo que vuelve él a responder: “Porque tienes mucho valor de enfrentarte al español del siglo diecisiete en una novela tan larga”.
A mi se me ha pasado otra palabra antes que “valor”. Más bien le hubiera puesto “pachorra” de volver a leer ooootra vez el mismo tostón.
Ya me ha fichado. Él y el resto de compañeros. “La repelente que se lo ha leído en español. La Erasmus rarita que se atreve a opinar sobre la novela. La bocazas que ha acertado las preguntas que ha lanzado el profesor al aire, durante la clase.”
Aunque no os negaré que, por primera vez en bastantes días, no me he sentido estúpida y fuera de lugar.
A pesar de las interferencias de un inglés con acento algo raro para mí, el profesor ha acabado fijándose casi exclusivamente en mi cara a la vez que iba desplegando sus teorías sobre el libro.
Pobrecito mío. El interés que ponía yo no era por el libro, sino por entender el inglés con acento indescifrable que hablaba y poder practicar yo un poco el mío chapucero.
Es que si ya es una pu… que tenga que volver a leerme el libraco, aún lo es más que tenga que ser la versión “Made in London”.

Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Vaya a ser que me de un aire de esos traicioneros y termine por gustarme…

domingo

ACUÉDATE DE LLAMAR!!!

A quién más quien menos, eso se lo han dicho muchas veces, cuando se vive fuera de casa. Hasta el momento a mí no me había pasado nunca, pero ya puedo decir que soy una especialista en oír esa frase.
Mil aventuras son las que tienes que montarte para que a final de mes la factura del móvil no eche una humareda de mil demonios. Que si llamadas a cobro revertido, que si haces una perdida para que te llamen al fijo de la residencia…
Pero amigos míos, el mundo de las llamadas a casa cuando estás en el extranjero ha cambiado y mucho. Y si no que se lo digan a mi madre, que si por ella fuera, estaría to’ el santo día enganchada a la pantalla del PC.
Bajo éste logo…

… Se esconde la alegría más grande de nuestras sufridas madres, que ven como sus polluelos vuelan del nido, y que no contentos con ello, también de país.

Que a ver como es tu habitación, que si enséñame los pantalones tan chulos que te has comprado, que si quiero ver como has colgado los pósters que te llevaste de casa…
Eso de contarle a una madre, lo que has hecho durante el día, sentada en la moqueta de la residencia, con los pelos hechos unos zorros y en zapatillas de estar por casa… Ha pasado a la historia.
Y lo más curioso del caso es que acabas diciendo lo mismo que si hablaras por teléfono, pero ya se sabe… En la era de la imagen, lo que no se puede ver es como si no existiera o fuera menos verdad porque no se puede contemplar.
Y en casa ven algo como esto…


Un careto redondo, amorrado a la dichosa webcam que no hace más que transformarte en un monstruo lleno de píxeles, y te convierte en una imagen que navega por el ciberespacio.
Al otro lado, los tuyos se dan cuenta de que estás igual. Que la distancia, el cambio de país, de idioma, de comidas… no te han transformado en un ser de color verde, con antenitas que revolotean alrededor de tu cabeza y que tu voz (salvando las distancias que pueda ocasionar una tecnología no siempre tan excelente de cómo te la venden) sigue siendo la misma.
Que sí familia! Que sigo siendo yo!
Vosotros tranquilos que esto es diferente, a veces incluso algo raro, pero que por poco que pueda seguiré siendo la misma… Vaya a ser que cuando volváis a verme en carne y hueso no me reconozcáis… Eso sí que sería una verdadera pu... y no que el portátil se quede sin batería... ¿A que si?

sábado

MERCADILLOS, FOTOS Y BOCADILLOS DE CHORIZO

Hoy he desayunado doble. Un par de tostadas con mermelada, un zumo, mi tacita de té y… Las palabras que lancé ayer en este blog. Y es que hoy, a las nueve y media de la manaña, cuando finalmente he puesto los pies en el suelo, desde mi ventana se veía esto.

Me ha entrado la rabieta de quien tiene planes y ve como el día parece que no va a acompañar. Pero no. Ha sido solo una falsa alarma. Sobre las diez y media el cielo se ha abierto y ha vuelto el sol a nuestras vidas. Amigos míos, me lo he traído puesto de casa. Estos londinenses deberían venerarme ya como su sacerdotisa del sol… De los quince días exactos que llevo aquí, solo dos han sido grises y deprimentes.
Pues nada, que a eso de las once hemos enfilado la larga calle que es Bethnal Green, camino de uno de los famoso mercadillos de la zona.
Por fin he comprendido porque a esta zona de la ciudad le llaman Little India. La calle olía a mil y una especias, y las tiendas que se sucedían una tras otra estaban llenas de saris. De colores brillantes, con combinaciones cromáticas que te llenaban los ojos de vida y alegría.

Os aviso… Un día de estos me lío la manta a la cabeza y a la próxima boda que me inviten me planto vestida con uno de ellos… Yo siempre doy la nota con mis chanzas… Esta vez lo acompañaré con el atuendo.
Y caminante se hace camino al andar, hemos ido paseando tranquilamente por las soleadas calles… Descubriendo eso sí, qué te puede pasar si decides comprarte una bicicleta para circular por Londres.

Me imagino la gracia que le habrá hecho al pobre pringado que se gastó sus buenos pounds en tan sano sistema de locomoción.
Lo que te permite ir paseando tranquilamente, es que la cámara se convierte en tu gran aliada. No es que sea una fotógrafa mayúscula, ni que mi pulso sea firme y seguro como el de un cirujano, pero… si vas con los ojillos abiertos (con las gafas o las lentillas, por supuesto!) y expectantes, te encuentras sorpresas como estas…


Yo creía que el Mayor de Londres era ese tiarrón pelirrojo y desgarbado que se plantó en la ceremonia de clausura de Beijín 2008 con las manos en los bolsillos… Creo que hay algunos londinenses no lo tienen tan claro…
U otras como estas…

No sé qué será eso… Pero me da a mi en la nariz que es Parsi… Si alguien lo sabe, que me lo confirme. Como me han enseñado toda la vida, el saber no ocupa lugar, ¿verdad?

Finalmente hemos llegado a….

Uno de los múltiples y famosos mercadillos que cada fin de semana se puede visitar por cualquier rincón de la ciudad. Algo que me lleva a pensar, la gran diferencia que existe entre los mercadillos de aquí con los que yo he ido viendo a lo largo de toda la vida, allá en tierras mediterráneas…
Aquí puedes encontrar desde una lámpara antigua hasta un muñequito de diseño estrambótico cosido a mano. Desde un plato de comida marroquí hasta un vestido de segunda mano de los años ochenta. Me resulta sumamente curiosa la enorme afición de los londinenses por pasarse los fines de semana en mercadillos, buscando una ganga o la pieza de ropa más “in” del momento. Pero lo que más me llama la atención es los estilismos y “fachas” que algunos llevan. Recuerdo que una de mis mayores aficiones, cuando estaba en la universidad, era sentarme en una terraza de las ramblas, y ver a la gente pasear de un la do a otro. La de historias y anécdotas que me inventaba solo viéndolos pasar. Estoy segura que si un día empiezo a tomar nota de cómo es la cantidad de gente con la que me cruzo todos los días, y empiezo a crear personajes ficticios, esto será peor que los novelones de Dickens. Y en cuanto a los mercados… Otra gran asignatura pendiente. Será cuestión de fijarse más detenidamente las próximas veces e intentar llegar a una conclusión. Mmm… apuntado queda también en la libretita de los deberes.
Lástima que nuestros cálculos no se han cumplido del todo… Y el “gran” mercadillo se pone de bote en bote el domingo, no el sábado. Será cuestión de volver un domingo de estos.
Claro que yo, entre otras cosas, me he quedado con las tiendas Vintage…


Tan divinas y bien surtidas de trajes y complementos al más puro estilo Jacqueline Kennedy… Si alguien que yo me sé estuviera aquí conmigo… Se lo hubiera pasado bomba.
Y de lo mejor del día, sin duda… Mirad mi cara…


De qué está hecho ese bocadillo comprado a prisa y corriendo en el primer Tesco que hemos encontrado? Venga, acepto apuestas…


Aunque el pan estaba un poco durillo, y la mozarella mucho sabor a mozarella no tenía… El chorizo me ha sabido a gloria… Si es que de verdad… No sabemos pensar en otra cosa que no sea comer….
Hemos andado como unos campeones y ahora toca reposar un poco, y sobretodo, empezar a hincar un poco los codos, que la semana que viene se presenta ya movidita con las clases en la facultad. Y es que hasta que no nos llegue la dichosa Oyster de estudiantes, estamos sentenciados a movernos solo por las zonas más cercanas a nuestro barrio. Eso sí, cuando por fin la tengamos en nuestro poder… Que tiemble Londres, porque soy pequeñita pero hago mucho ruido…..

viernes

BAÑO DE SOL EN LA CIUDAD DE LA NIEBLA

Hoy no me tenía que levantar temprano. No tenía pero he tenido… Tengo una cuadrilla de albañiles justo en frente de mi ventana, y cada mañana a las ocho, ya están con la orquesta en marcha. Entre eso, y el rallito de claridad que se precipita suicidamente sobre mi cara… Ha sido inevitable no levantarse.
E igual que me acosté anoche sobre las doce y media, me he levantado hoy. Con “El mundo según Garp”. Los días se empiezan mucho mejor si tienes una buena novela entre las manos. Y si es de John Irving es totalmente imposible que sea un mal día.
Aprovechando el sol radiante que nos ha regalado hoy el cielo de esta ciudad, nos hemos largado a Victoria Park, a “vivir” lo que es un parque en Londres. Seguro que estoy cayendo en el tópico más tópico de todos los que aterrizamos aquí por primera vez, pero es que es alucinante como se lo tienen montado estos ingleses con los parques. Por cierto… es verdad eso que en Londres hay niebla? Yo de momento casi no la he visto… Igual es que se ha asustado al verme llegar y se ha recogido las faldas y ha salido corriendo….
Y si no, juzgad vosotros mismos a ver que os parece…






Nos hemos tumbado en uno de esos bancos, rememorando nuestras horas de sol mediterráneo. Hay que recargar pilas para cuando empiece el tiempo londinense de verdad. Será que nos han asustado tanto, que estos días de solecito y buen tiempo nos los estamos tomando como un verdadero regalo.
Y la sorpresa más grande es que estamos a viernes y había un montonazo de gente paseando, tomando el sol, jugando con los niños… Será que es verdad que cuando sale un rayo de sol la gente se tira a la calle en masa… Ya os lo contaré cuando esté más aclimatada…

Por cierto... ¿Dónde está Emma?

jueves

COMO “SEMI-PEZ” EN EL AGUA Y LA PSEUDO-BETTE DAVIES PEDANTE

Dejadme que hoy me cargue una de las frases hechas más típicas de esta lengua. Una lengua, que a algunos de los que me estoy encontrando por esta ciudad, no estaría mal que les enseñaran que la hablan unos cuantos cientos de miles de personas en todo el planeta.
Y no quiero, aquí y ahora, que me salga la deformación profesional ni ningún tipo de defensa a ultranza de la mayor o menor validez de una lengua, para expresarte, o identificarte culturalmente o sentimentalmente. Nada más lejos de mi intención. Pero es que lamentablemente, bordes, maleducados y estúpidos los hay en todas partes. Tanto en la casa de tu vecino, como en la ciudad de al lado, como en el pueblo perdido que hay en el quinto pino a mano derecha. Y por lo que parece, en Londres tampoco escasean.
Hoy finalmente han comenzado las clases para mí. A las del lunes y el martes me fue imposible asistir. Estaba en compañía de mi amiga fiebre.
Libre ya de su esfera de influencia, a las diez y cuarto de la mañana he salido de casa, caminito de la facultad.
Encontrar el aula ha sido poco más que una aventura titánica. Yo pensaba que la fama de la disciplina inglesa era real, y mucho más en el mundo académico. Temo reconocer, en vistas de cómo está siendo esta semana para todos los estudiantes extranjeros, que NO. Amigos míos, el caos existe más allá de los Pirineos.
Finalmente he llegado al aula, una especie de anfiteatro de dimensiones reducidas, situada en el ala oeste de este edificio.


Impone verdad? No os lo negaré. Pero a mi me ha impuesto, y mucho, lo que me he encontrado un rato depués allí dentro.
He llegado finalmente un cuarto de hora tarde. Maldiciendo las distancias que separan los diferentes edificios del campus, y sobretodo la deplorable organización, que ha hecho que la ubicación final de la asignatura no haya salido hasta cinco minutos antes de la hora. Eso sí, después de haberme mandado a la otra punta. Pensaba que era la única en perderse, pero no ha sido así. Después de mi han llegado unos cuantos más. ¡Que no se diga!
La asignatura tiene el atrayente título (por lo menos para mi) de: “What is cinema?” El desglose de los puntos centrales del curso me ha parecido muy interesante, de gran lucidez y de una visión sumamente completa de lo que significa el séptimo arte. Teatralidad; concepto de mass media; industria cinematográfica; teorías de cine; cine de autor; técnica y lenguaje cinematográfico frente a lenguaje narrativo; la diversidad cultural planetaria a través del cine; el papel del espectador; ficción frente a realidad… No seguiré aquí enumerando la cantidad de puntos que se pueden desprender del contenido de la asignatura. Podría aburriros soberanamente, lo sé.
La tarea de tomar apuntes ha sido, algo complicada, pues si a la falta de práctica le sumo el tener que hacerlo en inglés… Os podéis imaginar la mezcla explosiva. Finalmente, y a pesar de las interferencias del sonido de un profesor que parece que es un culo inquieto y no deja de zapatear en la tarima de madera del aula, he llegado a la conclusión que lo mejor que podía hacer era tomar apuntes por contexto. Por eso lo del titulito de hoy…. Porque me encontraba finalmente en una clase de cine (durante la carrera me fue imposible cursar ninguna y lo poco que sé sobre el tema me lo he tenido que buscar yo solita o asistiendo de oyente a algunas asignaturas de mi facultad) pero sin poder saborear del todo lo que nos estaba contando el profesor.
Y el jarrón de agua fría estaba por llegar. Os pongo en antecedentes con esto, especialmente a partir del minuto 5’26, con una espléndida Bette Davies, en el papel de Margo Channing.



Resulta que la asignatura cuenta también con dos “Teaching Assistants” o profesoras asistentes, como sería la traducción literal. Una de ellas, en el preciso momento en el que ha abierto la boca me ha recordado a la Davies, por eso el remember when a “All About Eve”. Salvando las distancias, eso sí, no tenía ni su gracia, ni su porte y ni mucho menos su elegancia. Se ha plantado en medio de la tarima, con unos tacones de vértigo y vociferando a pulmón lleno.
Pero es que el "jarronazo" ha venido cuando tímidamente me he acercado a ella a preguntarle en qué grupo estaba inscrita para los seminarios. Me ha preguntado mi nombre, y como bien os podréis imaginar, me ha sido imposible “inglesizarlo”. Se me ha quedado mirando con cara de asco y me ha preguntado de dónde era y de qué carrera. Le he dicho que española, de la rama de Hispanic Studies, Erasmus, pero ya graduada. Para qué contaros como era su cara! De golpe me he sentido pequeñita pequeñita, estúpida hasta límites insospechados y como si tuviera que pedirle perdón a alguien por estar respirando.
Me ha espetado en los morros, o por lo menos eso es lo que yo he entendido, que o me ponía las pilas en mejorar mi pronunciación y mi expresión en inglés, o la tendría encima durante todo el curso.
Le he lanzado una mirada de socorro al profesor titular y me ha respondido con un inaudible “sorry”.
De golpe la pseudo-Davies de poca monta se me ha quedado mirando y me ha preguntado que cómo siendo ya graduada estaba en su clase como estudiante Erasmus. Le he contado (nerviosa perdida ya) que era doctorante, y le ha cambiado la expresión del rostro. Cuando le he dicho el título de mi tesina he pasado a convertirme en ser vivo a tener en cuenta y al que se le puede perdonar la vida. Me ha sonreído abiertamente y ha cambiado el tono de voz. La muy hipócrita ha tenido la desfachatez de decirme que será un placer tenerme en su grupo de seminarios, y que espera que pueda participar muy activamente en los debates en clase. Yo hubiera deseado pisarle un poquito el cráneo, para qué engañaros.
Me ha venido a la cabeza la fabulosa clase a la que asistí la semana pasada, en la que una profesora de lengua inglesa se convirtió en el hada madrina de nuestras autoestimas. “No os sintáis como una m… cuando alguien de esta ciudad os menosprecie por vuestro acento peculiar o por vuestra aún precaria forma de expresaros en inglés. Pensad para vuestros adentros que provenís de una esfera diferente, con un estupendo bagaje cultural, académico y personal, y que además, sois capaces de expresaros, a todos los niveles, en más de una lengua. Muchos de los que os encontraréis a lo largo de este años, solo hablan una, inglés, y además, la mayoría de las veces, ni tan siquiera saben escribirla correctamente”.
He salido del fantástico edificio hecha una furia, maldiciendo a la pedante “teaching assistant” y repitiéndome una y otra vez para mis adentros “Emma, no eres estúpida. Emma, tienes igual o más estudios que esa pedante. Emma, te defiendes a la perfección en dos lenguas y con bastante fluidez en otras dos. Emma, si esa tía no sabe mirar más allá de sus narices, es su problema, No el tuyo”.

miércoles

UN MIÉRCOLES CON FERNANDO

Como no podía ser de otra manera en esta ciudad, esta mañana se ha despertado lloviendo. Bueno en realidad con ese “meamea” tan característico, que unido a la neblina que aquí debe ser monumento nacional, le da al día un tono gris y de invierno.
Ha llegado el paquete que esperaba. Meme se ha portado como una campeona y me lo han traído hasta la misma residencia. Tener que cargar con quince quilos, con los más de cuarenta que ya cargué hace diez días, ya iba a ser demasiado para el cuerpo.
Por fin tengo conmigo mis deseadas novelas de John Irving. Con la prisa que me di en pedirlos, y al final no pude meterlos en la maleta. La caja también estaba rellenita con mis gramáticas, mis apuntes de la tesina y las reseñas de bibliografía. Además, otro trocito de mi armario, que fue imposible meter en el maletón.
El día no acompañaba, pero no era plan salir echa unos zorros. Ya tuve bastante con la noche del martes que pensaba que no conseguiría bajarme la fiebre de ninguna manera. No me he calzado tacones porque todavía no tengo ningunos aquí, pero… Todo se andará. De momento me he quedado con mis zapatos rojos. Yo siempre tan discreta con los colores….
Eso sí, señoras y señores, definitivamente he recuperado el maquillaje negro para los ojos.

Hacía ya mucho tiempo que lo tenía desterrado, pero este vuelve a ser mi momento. Como decía aquella cantante “yo siempre tan discreta, arreglá pero informal”.
Hoy el día ha sido de matrimonio. Totalmente. Mi amigo Fernando y yo nos hemos pasado el día entero juntos. Por la mañana visita al hospital del ordenata… Sí, se le ha puesto malito y eso aquí es poco más que una tragedia. Hemos llegado ya a un punto en el que no se sabe si somos usuarios de la tecnología o directamente esclavos de ella. Con un poco de suerte y en el appointment del domingo, todo se solucionará.
De camino a la facultad nos hemos encontrado con esto…

Yo no había visto nunca un cine donde las películas se anunciaran así. Es que ni en el antiguo cine de mi pueblo, que no existe desde hace por lo menos quince años, anunciaban las películas de esta manera. Me da a mi que estos ingleses, tan modernos tan modernos tampoco son...
La facultad, con su torbellino característico. Miles de caras diferentes, vestimentas, acentos, edades, nacionalidades… Una verdadera torre de babel en un campus laberíntico. Para perderse como llegues por la mañana un poco adormilada.
Y la típica comida inglesa, a las doce y media del mediodía, con un simple sándwich, aquí tan en boga. Qué hartar de reír nos hemos dado al ver la hora que era. Ni nosotros nos lo podíamos creer. A la una del mediodía y ya habíamos terminado de comer. Parece mentira lo que hacen las costumbres. Aquí comemos a las doce, cuando en España, a esa hora estás por el segundo café de la mañana, y si me apuras mucho y tienes aún un poco de hambre, con un mini de queso calentito.
Pero no os penséis que hemos desaprovechado la visita a la cafetería del campus. Eso nunca!


Aquí tan aplicada, intentando entender la dichosa ficha para que te manden la tarjeta mensual del metro con un treinta por ciento de descuento. De algo tenía que servir que sea otra vez estudiante universitaria, ¿no?
Cuando vi en el formulario “+18 full time-student” por poco me atraganto con la risotada que me entró. Tengo ya unos cuantos más que 18, estaría bueno ahora que tuviera que adjuntar también una fotocopia del pasaporte.


Y ya de vuelta a casa, depués de pasarnos por el super, nos hemos encontrado con una invitación que ha sido inevitable rechazar. O es que... ¿Quién se resiste a algo como eso? Además armados con una botella de vino como íbamos?

Lo que hacen los equívocos entre lenguas... Seguro que para los inglesitos esto significa otra cosa... Pero servidora no estaba hoy como para ponerse a buscar en el diccionario... Si alguien me hecha un cable, se lo agradeceré.

Y la diversión que nos esperaba no era otra que…

Esa tarea tan sencilla pero que en un país con una climatología tan puñetera, por no decir otra palabrota, y donde además nuestro espacio vital se recude a una triste habitación de residencia universitaria, se convierte en una gran aventura. Si no me creéis. Fijaros en esto...

Y así termina una...

Tonta perdía y con la neurona algo histérica, pensando en cómo narices conseguirás que se te seque toda la ropa y que no tengas que vestirte con lo primero que pilles en el mercadillo del barrio.
Y después de la dura jornada londinense, qué mejor para reponer fuerzas que una buena cena... Vaya, la típica de todo estudiante que se precie (que para eso he dejado de formar parte del grupo social de los currantes, para volver a ser estudiante!)

Vaya... Un día en pareja con todas las de la ley. Y como ha dicho Fernando: "Solo nos falta que metamos los niños en la cama y que nos tumbemos en la cama a leer el periódico". Claro que..., si su novio se entera, que nuestro día ha sido de matrimonio bien avenido, no creo yo que se lo tome con mucha guasa...

martes

PORQUE OS LO DEBÍA...

Hace ya semana y media que llegué a esta ciudad y aún no me había acordado de vosotros.
Miento. Sí que lo he hecho, muchas veces, pero la vorágine de cambios, novedades, momentos sorprendentes, momentos más tristes…, han hecho que no me haya sentado aún a pensar concienzudamente en vosotros.
¿Y qué puedo contaros? Muchas cosas la verdad.
Pero eso ya lo iréis viendo (o mejor dicho, leyendo) por estos lares, donde intentaré explicaros todo lo bueno y lo malo que le pase a esta loca que os escribe. Esta loca, que a pesar de estar bastante segura de sí misma, y echar mano de la madurez que le ha dado el sufrimiento y las alegrías, a ratos está poco más que cagada de puro miedo.
Porque sois muchos los que habéis estado a mi lado desde el principio de toda esta aventura. Os lo debo a todos.
A toda la gente que me acompaña día tras día, que sé que seguís ahí, cerquita, ahora también desde de la distancia.
A los que conocéis mis neuras; mis miedos y mis alegrías; mi mal genio de algunos ratos; mis ataques de risa contagiosa que muchas veces decís que es como si llegara el sol a la habitación donde estoy; mi sentido del humor irónico, algo negro y sarcástico; mi casi obsesión por hacer las cosas bien hechas y tenerlo todo controlado; mi pasión por la lectura y la música "algo extraña" como algunos definís; mi sonrisa siempre preparada aunque por dentro esté chillando de furia o esté nerviosa y asustada como un potrillo; los malos despertares de algunos días; mi a veces exagerado sentido de la justicia y de lo que no es moralmente aceptable; mis lágrimas inesperadas cuando algo me sorprende y me toca la fibra; mis perezas y mis prisas; mi lado más serio y algo cortante,…

Y es que ha todos os debo un GRACIAS enorme.

A papá y mamá, y a Meri. Por soportar día sí y otro también, que estuviera dándoos la lata con mi viaje. Por la cantidad de charlas, y tantos ratos y momentos en los que por hache o por be acababa saliendo el tema. Siempre ahí, sin agobiarme, pero siempre pendientes de los pequeños logros que iba consiguiendo día a día. Por vuestras eternas e incondicionales muestras de cariño y comprensión. Gracias por vuestra paciencia infinita y estar ahí en todo momento.
A mis niñas, que las circunstancias de este año me han tenido tan apartada de ellas. Siempre habéis estado ahí y no habéis dudado nunca en que finalmente conseguiría lo que tanto he perseguido en los últimos años.
A mis compañeros del museo, que os habéis portado como unos campeones. Y sobretodo a ti I, que has sido mi querida compañera de andanzas desde el pasado diciembre. Has estado ahí siempre. Con tus ánimos y tus tazas de te a media mañana, ayudándome a dibujar esta aventura.
Y a la gente del local, que me disteis la mejor de las despedidas posibles. Que me demostrasteis que aunque no lo pienses, puedes llegar a ser importante o por lo menos algo necesaria para los que te rodean. Por vuestras palabras de apoyo. Y por hacerme saltar las lágrimas de alegría al decirme que se preparen estos ingleses, que llego yo con mi torbellino.
A F y J, porque me ayudasteis con el barullo de papeles, con los temidos currículos, con los consejos para amoldarme un poquito mejor a esta gran ciudad y también a esta cultura tan diferente a la mía.
A mi querido profe Joan, que creyó en mí desde el primer momento en cuanto le dije que me quería ir de casa, nada más y nada menos que a Londres. Por su apoyo y por ser la primera puerta de salida a esta etapa de mi vida.
A mi querido y admirado profe Jordi, que no dudó en brindarse en todo lo que pudiera necesitar para empezar, por lo menos la andanza académica, de la mejor manera posible.
A toda la familia, repartida por media España, siempre pendientes de cómo iban las cosas.
Y a todos los que hacéis que este blog siga día tras día. Por vuestras muestras de cariño y apoyo a través del ciberespacio.

Sí a todos vosotros, que aunque ahora mismo esté solita, sé que estáis ahí, siempre pendientes de lo que me vaya pasando. Y hoy, aunque ha sido un día difícil, y en algún momento se me ha venido a la cabeza esa letra del gran maestro “Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...”, solo puedo evitar pensar una cosa: TODO IRÁ BIEN.
Porque sí, porque me lo merezco. Porque esta aventura es también un poco vuestra. Porque ha costado mucho llegar hasta aquí y porque no voy a rendirme a la primera de cambio. Y si hay que hacerlo, me reiré hasta de lo malo…

lunes

DE CUANDO LOS DÍAS NO SON LO QUE PARECEN

Escucha esto mientras lees...




El día se ha despertado soleado, con algo de viento, pero soleado al fin y al cabo. No ha sido fácil ponerse en pie.
Las piernas y la cabeza no parecían estar muy de acuerdo de cómo y hacia donde llevarme. Me he metido en la ducha y he abierto el grifo del agua caliente a tope. Las cervicales me matan, siempre me matan, y la única manera que tengo aquí para aliviar el dolor es dejar que el chorro del agua caliente me caiga directamente sobre ellas. Eso tendría que ser suficiente para poder empezar el día, pero hoy no ha funcionado.
He bajado a la cocina a desayunar algo. Pero eso es algo complicado cuando tienes el estómago algo revuelto. Solo se ha solucionado a medias, con un té calentito y un par de rebanadas de pan tostado con mantequilla.
A veces pienso que la cantidad de años que me he entregado incondicionalmente al café han sido un puro desperdicio. La de momentos que después de terminarme una taza el estómago empezaba a pegarme patadas, a hacer que las digestiones fueran eternamente largas…
Al subir a la habitación el tiempo ya había cambiado. Ha dejado de lucir el sol para empezar a nublarse un poco y hacer que el viento que corría fuera lo suficientemente frío para cortarte la piel del rostro. Sí, ya sé lo que me diréis algunos: “Espérate tú a que llegue el invierno y vas a saber lo que es tener frío de verdad”. Lo sé, me lo temo, y lo espero con resignación. Pero también es verdad que a mi me gusta más el frío que el calor. Eso de ir vestida a capas, cual cebolla, parece que me alivia el hecho de que últimamente mi figura ya no es lo que era. Además, como soy tremendamente casera, y prefiero las charlas con los amigos antes que la juergas en las discotecas, estoy segura que acabaré organizando más de un encuentro hogareño con mis nuevos amigos españoles.
Un encuentro en la que yo soy la mayor. La supuestamente más experimentada en esta sinrazón que se llama vivir.
Triste falacia, en la que los años y los títulos no son nada. Mucho empaque y poco fondo para qué engañaros. Si eso fuera garantía para no sentirte perdida, algo sola, un poquito triste, desamparada en según qué situaciones, bobalicona y tremendamente ridícula en otras… Si eso fuera garantía para tantas cosas como esas y más, os diría que sirve para algo. Pero no es así. No sirve absolutamente para nada.
Hoy alguien me ha dicho que se esperaba otra cosa al conocerme. No sé exactamente a qué se refería. A veces ni tan siquiera yo me conozco. Ni me entiendo. Ni me aguanto. Te creas la armadura, y te convences a ti misma, te autoimpones la obligación de no dejar que nadie vea que tiene agujeritos. La luces con la mejor de tus sonrisas y aguantándote las entrañas fuerte, muy fuerte, para que no se noten nada las cicatrices que quedaron. Pero están ahí. No se fueron nunca. Solo se escondieron bien, en el fondo más oscuro, para engañarte y hacerte creer que ya se habían ido. Pero tú resistes, les dices que se queden calladas, que ya son agua pasada, y que por lo que más quieran, te dejen tranquila.
Te das cuenta que la imagen que das en el fondo no se corresponde con tu ser. Enseñas tu yo impostado, el que construyes para los demás. El que tienes preparado para que las patadas no hagan salir moratones allá donde caigan los golpes. El yo primigenio, el que tienes en lo más hondo de las tripas, te lo guardas solo para ti, para que no lo vea nadie. Y a veces te das cuenta que tener alma, tener tanta alma, es atrozmente doloroso. Que gritarías y aullarías incluso si pudieras, para que en algunos momentos viniera alguien y te la arrancara de cuajo. Porque no quieres que vuelva a llamar a la puerta de lo adormecido.
Te paras a pensar y te preguntas cómo te verán los demás. Como será desde fuera esa máscara que tanto trabajo te ha costado construir. No lo sabes. No lo puedes saber. Y eso te intriga, te pica como un bichito entrometido que te va asaltando una vez tras otra.
Sales a la calle, y te das cuenta que el aire frío te calma las ideas. Te devuelve a esa realidad de las cosas que a veces da tanto miedo, pero que es la única que conoces.
Te preguntas que ha pasado. Pero te das cuenta que no hay respuesta. Que ha pasado una cosa extraña, que no acabas de entender. Algo que era tuyo y que ya no lo es. Que te has desprendido de algo que sin saber porque ibas acarreando y que el esfuerzo de sacarlo a la luz te ha dejado en otra dimensión. De momento ya no lo tienes encima, pero sabes que tarde o temprano volverá a ti y tendrás que recogerlo. Pero también te da por pensar que quizás no tendrías que haberlo sacado. Que si lo guardas, lo escondes y lo acallas, termina por desaparecer. Ya es demasiado tarde.
Y miras al cielo y te das cuenta que el día que amaneció siendo soleado, se ha oscurecido de golpe. Y que se ha puesto a llover de sopetón.

domingo

EMMA "LA COCINILLAS"

Estoy casi convencida de que mi compañera de piso americana debe conocerme con este sobrenombre. Y en el fondo no me extraña, porque para cuestiones culinarias y alimenticias, somos como la noche y el día.
Y es que la comida y el hecho de comer en Londres, amigos míos, ha sido el tema más recurrente en casi cualquier conversación que he tenido en los últimos dos meses.
No nos engañemos… Los españolitos, cuando llegamos a esta ciudad venimos poco más que cag… de miedo pensando en qué y como vamos a seguir una dieta lo más similar posible a la que llevamos en casa. También hay que decir, claro está, que depende mucho de lo que cada uno considere dieta equilibrada. Para mí está claro: pescado, carne, pasta, arroz, verduras, ensaladas, lácteos, algo de embutido,… ¿Completito verdad? Sí, pero eso en casa de papá y mamá… Aquí ya os digo yo que la cosa es bastante diferente. Y es diferente simplemente porque los ingredientes que tú buscar para prepararte las comidas, mmm…, parece que se parecen pero no lo son en realidad. Bueno será que yo los busco en donde no debería, pero el caso es que todo, no es igual que en casa. O será que estoy muy bien acostumbrada a comer bien y ahora tengo que acarrear las consecuencias. (Me da a mí que esto segundo es lo más probable).
Filosofadas alimenticias a parte, el caso es que estoy casi convencida que mi compañera de piso se debe pensar que soy una comedora compulsiva o que estoy verdaderamente obsesionada por la comida. Claro que yo de ella pienso… Mejor os lo imagináis vosotros con lo que es contaré. Dejadme un poco que os ponga en situación.
El sábado pasado, nada más llegar a la residencia, y después de inspeccionar concienzudamente mi habitación y el resto de espacios comunes, salí a comprar al súper del barrio, con la compañía de mi flatmate. Llegamos al Tesco (esa cadena de supermercados que aquí en Londres causa verdadero furor porque lo tiene absolutamente todo y a precios bastante razonables) y decidimos separarnos para que cada uno buscara lo que necesitaba. Yo con esa visión tan mediterránea de lo que es un supermercado, me quedé poco más que alucinada de lo que allí había.
No os negaré que la sección de fruta y verdura está verdaderamente bien, pero…, comprar la verdura, la fruta y las hortalizas totalmente empaquetadas en plástico no es algo a lo que estoy demasiado acostumbrada. Pero bueno, no está la cosa como para volverse remilgona.
En cuanto al resto del super…. Una sección de pan de molde como no había visto nunca en mi vida; platos precocinados que mala pinta tampoco es que tuvieran, pero que tendría que estar bastante desesperada para incarles el diente; patatas fritas con todos los sabores imaginables; congelados absolutamente de todos los alimentos imaginables… Una aventura vaya.
Y finalmente me reencontré con mi compañera de piso, con su cestita llena de “prouctos”. Ni que decir tiene que en lo único que coincidimos fue en la lechuga y los tomates. El resto, hasta llenarla, parecía de dimensiones totalmente desconocidas la una con la otra.
Lo mejor fue cuando llegamos a una tienda cercana para comprar el menaje de cocina, que sí, era totalmente inexistente en la cocina del piso. Yo me agencié un par de cazuelillas, una sartén, cubiertos, platos, vasos… Vaya, lo mínimo para guisarte tus cositas y no echar tanto de menos las comiditas de mamá.
Y ahí viene el motivo del titulillo de este post. Mi querida compañera C (como comprenderéis no es plan que me ponga aquí a difundir nombres y apellidos completos de la muchacha) solo se quedó con un par de tuppers, un paquete de cubiertos de plástico y una taza. Eso, junto con la retahíla de cosas que había comprado en el super, ya me hizo sospechar que eso de moverse entre los fogones, como que no era lo suyo. El martes por la tarde la hipótesis quedó totalmente confirmada.
Llegué de la facultad alrededor de las cuatro y media y me entraron ganas de ponerme a cocinar y dejarme unos cuantos tuppers en el congelador para cuando los horarios empiecen a ser un poquito más ajetreados.
El menú era muy sencillo: tortilla de patatas y sofrito para macarrones, de ese tan bueno con su cebollita y su ajo y su carne picada (que en este caso tuvo que ser de ternera, no de cerdo como yo estoy acostumbrada, porque si había en el super yo os aseguro que no la encontré). Pensé que sería el mejor momento para ponerme a guisotear, pues después de subir a mi habitación y ponerme ropa cómoda para estar en casa, no oí ningún ruido que delatara la presencia de mis dos compañeros de piso. Craso error amigos míos.
No llevaba ni cinco minutos con las mangas de la camiseta arremangadas cuando apareció por la puerta de la cocina C la americana.
A la muchacha le hizo gracia verme ataviada con el delantalillo que mi madre me metió en la maleta, y toda yo ajetreada pelando y picando cebolla y ajo, patatas, sacando la carne de la bandeja… Vaya que me preguntó si no me molestaba que se quedara allí, mirando como hacía “my cooking”.
No es que saltara de alegría al saberme observada, pero tampoco era plan de decirle que no a la muchacha. Claro que en el fondo me sentí un poco “engendro de feria” porque aprovechó el momento para sacarse su botella de vino blanco y empezar a pegarle tutes, acompañando los sorbos con rábanos y mordiscos a una zanahoria. Menudo espectáculo amigos míos. Que se pimpló una botella entera y no eran ni las cinco de la tarde! Yo tomando zumo de piña mientras iba traficando y ella con la botella de vino, como quien se bebe una coca-cola. Im-presionante. Y lo mejor de todo es que la pobre estaba con unos ojos como platos cuando me veía preparar los ingredientes. Que si porqué cortaba la cebolla tan pequeñita; que si porque le ponía ajo con lo mal que huele; que si porque a la carne le echaba sal y pimienta… Os lo podéis imaginar… Una chica que se alimenta a base de zanahorias crudas, apio con mostaza y tazas de café con leche en polvo a todas horas…, no creo yo que tenga mucha idea de cómo hacer aunque sea un simple sofrito para unos macarrones.
Su cara de asombro era un verdadero poema para mí. Se quedó absolutamente flipada al ver como cortaba las patatas para la tortilla, y como usaba una espátula de madera para moverlas en la sartén y evitar que se hicieran trizas. Tampoco es que yo sea ninguna Arguiñana ni una Adriana, pero bueno, que no creo yo que eso fuera equiparable a la descubierta de las minas del rey Salomón.
Y anoche ya sí que la acabé de rematar finalmente cuando me vio haciendo esto…


Sí amigos míos. Una simple tortilla de champiñones! Entró a la cocina en el preciso instante en que yo le estaba dando la vuelta al asunto con un plato llano encima de la sartén. Me preguntó toda extrañada que qué estaba haciendo. Yo le dije en un inglés algo precario (aún no tengo la suficiente fluidez como para hacer algo y pensar la respuesta pertinente en inglés) que le daba la vuelta a la tortilla para terminarla. En la boca creo que le hubiera podido meter una de esas mandarinas que tengo en el frutero.
Estoy por pensar que esto va a ser así durante el resto de los cinco meses que vamos a estar compartiendo piso. Yo con mis cocinillas y ella con sus preguntas y sus sorpresas continuas ante el arte de la tortilla de patatas...
Mientras no llegue a suceder lo que me dijo mi padre antes de marcharme... "Niña, ten cuidado con esos guiris que como te vean cocinar y les guste, van a terminar pidiéndote que les hagas la cena todos los días". Papá... No te preocupes, a no ser que el nuevo inquilino que tiene que ocupar la habitación que aún queda vacía en el piso, sea un gourmet, me temo que eso no va a suceder nunca....

sábado

DESPERTARSE CON LA TORRE DE BABEL


Cuando estoy en casa, las mañanas del fin de semana son tranquilas, apacibles. Sabes que no tienes que levantarte temprano y que te puedes pasar el día sin someterte a la dictadura del reloj. Lo único que puede desvelarte un poco y rescatarte de los brazos de Morfeo son las risas y gritos de alegría de los chiquitines del vecindario, jugando animadamente. O el olor delicioso de uno de esos platos tan fantásticos que mi padre suele prepararnos el fin de semana.
Y me despierto relativamente tarde, sobre las nueve y media, o la diez, porque si de algo me sigo sorprendiendo de mí misma, a estas alturas ya de mi conocimiento instrospectivo, (qué raro a quedado leches!) es que una de las cosas que más me gusta en esta vida, es dormir.
Pero a ver, pongamos las cosas claras. No es que sea de las que antepongo dormir por encima de todo. Ni de las que deja de hacer cosas o llegue tarde a los sitios porque sea una dormilona. No, no y otra vez no. Simplemente que me encanta acostarme por la noche, acurrucarme con la almohada y dejarme llevar por los sueños.
A veces pienso que soy tristemente infantiloide pues justo en el momento de apagar la luz de la mesilla de noche me pasa por la cabeza la frasecilla esa de: “A ver que vas a soñar esta noche”. Y debe ser que ya purgué mis penas y mis pecados en el pasado más o menos remoto (y os aseguro que fueron muchas las penas y muy dolorosas), porque lejos de vivir situaciones trágicas o frustrantes, me rasco unas aventuras muy divertidas y tocadas por el absurdo al más puro estilo de los Monty Phyton.
A pesar de eso, esta noche no ha sido así. Me he acostumbrado ya a la cama de la residencia y que decir tiene que una vez consigues eso, dejas de “dormir” simplemente, para conseguir “descansar”. Pero es que anoche me acosté algo “pochilla”, con algo de faringitis y unas décimas de fiebre que me han sumido en una simple duermevela durante toda la noche. Además me dormí tarde porque apagué la luz más allá de las dos, enganchada a uno de los capítulos de una de mis series preferidas, que era imposible que no se viniera conmigo a la Pérfida.
Era inevitable pensar, a aquellas horas, que esta mañana me iba a levantar tarde, y que no oiría ni a los peques en la calle ni olería ninguna de las cosas tan ricas que guisa mi padre. Pero lo que tampoco podía imaginar es que a las siete de la mañana me estuvieran tocando diana.
Pues sí, así ha sido. Unido al primer rayo de luz que entra por mi ventana (no hay manera humana de colocar la cortina de forma que evite el maldito rayo de claridad casi directamente a mi cara soñolienta), he oído un timbre de teléfono. Una de las vecinas del piso de al lado, al parecer, estaba llamando a alguien a través de internet. Total, que yo desde la cama, con los párpados más pesados que un quintal cada uno, y siendo la tercera en discordia de una conversación en algo que tenía pinta de ser coreano o japonés o chino o vete tú a saber qué.
Pero ahí no queda todo… La torre de babel se ha hecho un poquitín más alta, y siguiendo la tónica de no querer dejarme dormir en paz, mi compañero de piso, un keniata al que le vemos muy poquito el pelo, chapurreaba lo suyo con no sé quién, también a través de internet.
Por todos los santos! ¿Pero esto que es? ¿Videoconferencias un sábado a las siete y media de la mañana? Yo también llamo a los míos a través del internés, pero no a esas horas intempestivas… Y como que las paredes son poco más que cartón piedra, me he enterado de todo. Bueno no. No me he enterado de nada porque ni hablo coreano o chino o japonés ni keniata o vete tú a saber qué hablaban ese par, pero la mañana me la han dado y bien.
Total, que me he levantado a la ocho, me he preparado un te, me he sentado en la cama a leer y me he quedado frita. Eso sí, a las ocho y media en punto como un reloj, los dos parlanchines se han callado. Se deben haber quedado fritos como yo… Y yo que pensaba que la más gritona del piso era yo porque las veces que estoy conectada a internet me pego unas risas yo sola que no veas…
Claro que visto con frialdad, si analizo la torre de babel matutina, con lo que me cuentan mis nuevos amigos de la facultad y exceptuando alguna que otra anécdota culinaria con mi compañera americana que un día de estos tengo que contaros porque no tienen desperdicio, yo estoy viviendo en la gloria bendita.

viernes

MI PRIMERA EXPERIENCIA RELIGIOSA EN LONDRES

Sí amigos… Hasta este momento no había vivido un momento como ese. Y os aseguro que lo recordaré durante mucho tiempo.
No os esperéis un acontecimiento espectacular, tocado por la mística y la poética de nuestros grandes del Siglo de Oro. Huid de las imágenes de inspiración y contemplación divina y de las experiencias que os transportan a un estado superior. Mi experiencia religiosa particular me ha llevado hasta las entrañas de esta ciudad, a lo más bajo de lo bajo que os podáis imaginar: el metro. Sí, a ese lugar en el que tanta humanidad se reúne con un único propósito: llegar lo más rápido posible, y si es apretujados como borregos aún mejor.

El caso es que ayer por la tarde quedé con mi querido Sirventés, al que finalmente puse cara y ojos, después de ponerle voz el pasado domingo. Servidora vive a diez minutillos andando de la estación del Bethnal Green, en el East End de esta basta ciudad, y el punto de reunión era unas cuantas paradas de metro (bueno, en realidad bastantes) más al sur, en esa tan famosa que tiene nombre de batalla para algunos y nombre de canción “popy” para los que más. (Para los que aún no caigáis en qué estación es os diré que es Waterloo).
Como siempre cuando tienes prisa, tu realidad más inmediata parece que se vuelve contra ti, y aparecen mil y un obstáculos para que tus planes de puntualidad se vayan al garete. Que si mi compañera de piso americana me quería contar no sé qué de no sé qué cuantos; que si me encuentro el baño ocupado por mi flatmate de Kenia justo cuando necesitaba lavarme los dientes; que si mi madre me da un toque para que la llame y le pase el parte del día…
Total, que tenía que estar en la susodicha estación a las siete menos veinte y eran las seis y veinticinco y no hacía más que validar mi tarjeta del transporte para meterme en la primera línea de metro que tuve que coger. Hasta ahí todo bien. Tarde, pero bien. Lo peor estaba por venir. Sí, seguro que no es para tanto, pero para un catetilla de pueblo (porque aunque mis conciudadanos se emperren en llamarle ciudad, de donde yo vengo es un pueblo y punto pelota), que roza justito (y creo que no llego) el metro sesenta y parece que lleva escrito en la cara “soy novata con el metro, necesito mi tiempo”, fue algo…, indescriptible.
El caso es que me planté en la plataforma correspondiente, a esperar que llegara mi tren. Según los paneles luminosos faltaban 2 minutos. Venga va, metiendo presión para asegurarme aún más de que estaba llegando tarde. Me hubiera gustado verme la cara de horror que seguro puse cuando vi llegar por el túnel al “trenecito” en el que tenía que meterme. Allí no cabía ni un alfiler! Me quería morir solo de pensar que era eso o quedar a la altura del zapato llegando vergonzosamente mal. Hice de tripas corazón y me metí pa’ dentro.
Y es que lo de armarse de valor no era por el miedo de ir un poco apretujadilla, sino más bien por motivos olfativos. Y es que como ya os he dicho un poquitín más arriba, los dioses no me dieron demasiada altura (es más, allá donde voy, siempre, indefectiblemente, termino siendo la más bajita) y al coincidir con el fin de la jornada laboral de los londinenses, os podéis imaginar lo que eso supuso para mí: “Eau de Sobac” durante casi 30 minutos ininterrumpidos. Os aseguro yo que si no hubiera sido por el agradable motivo por el que me estaba desplazando a través de las entrañas de la urbe, no hubiera entrado de ninguna de las maneras en ese vagón.
Si hay algo de lo que no pueden presumir los ingleses es del afán por la higiene personal, y os aseguro que ayer viví y olí en mis propias carnes eso que hasta el momento formaba parte de lo que solo sabía de oídas. No hay que tener mucha imaginación para hacerse una idea de lo alguien con la estatura que yo tengo tuvo que “olo-soportar” durante el trayecto. Dejadme que os evite las descripciones malolientes y lo deje todo en un simple “Sin comentarios”.

Pasado ya el momento olfativamente ofensivo, lo más estresante, si cabe, estaba por llegar. Y es que moverse por los túneles del metro, y más en una de las estaciones más grandes de Londres, no es moco de pavo. Y evidentemente, como no podía ser de otra forma en mi ya desastrosa tarde de viaje por la ciudad, me perdí. No tengo ni la más remota idea de a donde narices acabé saliendo. Bueno sí. A un andén de tren, en el que la única que tenía cara de agobio y aturullamiento era yo. Suerte que el mal trago fue más leve pues tuve guía particular para salir del laberinto. Míster S tuvo la amabilidad de llamarme por teléfono e ir guiándome pacientemente por la estación. Eso sí, sin dejar de echar mano a esa ironía con sana mala baba que gasta, y decirme que sería una misión difícil la de salir de allí, pues se habían dado casos de cuerpos momificados encontrados en varios puntos remotos de la estación. Si lo hubiera visto por un agujerito, pondría la mano en el fuego de que se estaba riendo con todas sus ganas a costa de una cateta como yo. Menudo pillín!
Y es que me vi en medio de una estación enorme, nerviosa perdida por lo tarde que estaba llegando y sintiéndome estúpida por el triste papel que hacía yo allí en medio, perdida y haciendo que me esperaran. Con la rabia que me da a mi que me tengan que esperar!

Al final conseguí salir de allí, roja como un tomate, acalorada perdida como hacía tiempo que no me ponía y echando sapos y culebras de las estaciones tan grandes que, parece mentira, tengan la función de llevar a la gente a los sitios… Con lo que me llegué yo a perder en ella… Suerte que en la calle corría un aire fresquito que me quitó la estúpida rojez de los mofletes, que me asemejaban muy a mi pesar, a la cursi niña Heidi, y sobretodo que la compañía fue encantadora y estimulante, (vete tu a saber que pensará mi salvador de las entrañas de la estación después de la penosa entrada en escena que hice yo…) que si no…
Me veo perdida y momificada en el fondo de Waterloo, para los siglos de los siglos…

martes

LO QUE COSTÓ LLEGAR A DESTINO...

Pues sí familia. Ya estoy colocadita en la habitación de mi residencia. Perooooo llegar hasta aquí no ha sido fácil…. Menudo viajecito me pegué yo el viernes para llegar hasta la habitación de mi hotel…
Salí de Barcelona a las once y media de la mañana. Bueno no, rectifico, a las 12, porque como siempre me pasa cuando viajo desde la ciudad condal, siempre pasa algo para que los aviones salgan con retraso. El vuelo fue ameno. Medio dormitando, escuchando musiquilla en el iPod y hablando con mis compañeras de asiento. Una anglo-canadiense con un español bastante bueno, que se llamaba Míriam y que era muy agradable; y una argentina con mucho desparpajo pero sin saber ni papa de inglés (y ni mucha gracia ni encanto personal, para que engañaros), que llegó al aeropuerto con una mochila como único equipaje, sin ni una libra en la cartera, ni hotel para las dos noches que iba a pasar en Londres y que por lo que nos contó, se había pateado media Europa a raíz de una pelea que tuvo con su novio allá por Argentina.

El caso es que cada una pilló su bus correspondiente, y yo el mío, que me tenía que dejar en la estación de Victoria. El viaje duró alrededor de hora y media. Muy tranquilo la verdad, pero…, es que lo duro estaba por llegar. Y lo duro fue moverse por el metro, cargada con un maletón que me llega casi a la cintura, con treinta dos quilos de peso y una mochila con casi otros diez. Y es que no recordaba yo que a los ingleses les gustaba tanto eso de las escaleras en el metro. Porque sí, hay mecánicas, pero mira tú por donde en las paradas donde yo me tuve que mover, todas eran de las “tradicionales”. (Por cierto, ¿como se llaman las escaleras no mecánicas?). Bueno el caso es que en mi periplo por las entrañas de la ciudad encontré varios gentleman (su aspecto físico no lo delataba, pero sí su espíritu de ayuda a una pobre damisela en apuros como yo), me ayudaron a subir y/o bajar tan pesado muermo, por las empinadas escaleras del susodicho tube (como aquí le llaman al metro, digo yo, con lo fácil que es decir “metro”, pero bueno, sí se aferran…). Lo que sí constaté en mis propias carnes durante los casi 60 minutos de trayecto que me llevó recorrer la distancia que separa la estación de Victoria con la parada de Bethnal Green, es que: 1. Los londinense, con esa prisa tan suya, que parece que solo la sufren ellos en este mundo mundial, si tienen que arrollarte viva para conseguir apurar un par de segundillos más para llegar el primero a la plataforma y pillar el tren, lo hacen. No te quede la mejor duda que te pegarán un buen pisotón en el dedo que tanto de duele después de llevar casi 12 horas viajando; te pegarán un codazo en los riñones; un ligero empujón que te hará tambalearte como una hoja,… Todo eso sí, con esa gracia tan suya, que parece que lo hacen sin querer y/o sin darse cuenta, y que además irá acompañado de un desganadísimo “sorry”, más falso que un una moneda de 3 euros. Y 2: Las miradas más que asesina, fusiladoras diría yo, que me pegaban seis de las cada diez personas que pasaban por mi lado, al ver la “maletita” que tenía a mi lado. Eran unas miradas que lejos de ser compasivas y traslucir eso de “pobre muchacha, mira qué cargada va la pobre, debe estar hecha caldo”, decían: “Mira a esa petarda, aquí colapsando el metro con ese pedazo de monstruo que lleva por equipaje. Lo que tendría es que haberse pillado un taxi y dejar de tocar las narices a los que somos gente de bien y necesitamos el metro para llegar a casa, vete tú a saber que llevará esa niñata en la maleta”.

Finalmente, conseguí llegar a mi estación, pero ahí no se terminó todo. Pregunté a un señor autóctono, vaya de esos tan típicos de aquí, con barriga cervecera, tatuaje en el hombre y pendiente-zarcillo en las orejas, donde estaba la dirección que buscaba, y el muy apañado va y…. la caga. Sí… así de claro. Le pregunto si es del barrio y muy amablemente eso sí, me dice que sí, que lleva 15 años viviendo aquí, y va y me dice que el hotel que busco está en la acera opuesta a la salida del metro. Como si yo no tuviera bastante en el cuerpo ya como para empezar a dar vueltas como una tonta buscando el hotel. El milagro apareció caído del cielo en forma de dos chicos españoles que andaban unos metros más allá y a los que conseguí pegarles un susto de miedo. Y es que solté de golpe el asa de la maleta, levanté la mano derecha con los papeles de la reserva del hotel y les grité casi a pleno pulmón: “Vosotros los españoles, ¿podéis echarme una mano por favor?, es que ya no puedo con mi alma”. En ese preciso momento pasé a convertirme en la atracción de feria de los clientes de un pub que, a las cinco de la tarde, como no, ya estaban tragando cerveza como unos descosídos; de unos niños que cruzaban la calle con el uniforme de la escuela, y de una anciana de estilismo más que dudoso que (agarraros fuerte), llevaba una especie de cochecito en el que estaba paseando a un gato! Sin comentarios. No podía ser un momento más surrealista. Qué llegada más apoteósica. Eso, os lo juro yo, me lo guardo yo como uno de los momentos más desternillantes de mi existencia. Vaya, que si todo va a seguir siendo de este nivel, no veáis la de risas más buenas me voy a echar yo por estos mundos de dios…

jueves

EMPIEZA TODO

Empieza la aventura. Esta es mi última noche en casa. Mañana a las 11:30 sale mi avión hacia Londres.
Han sido muchos meses de hablaros de este momento. Por fin ha llegado. Y estoy que no termino de creérmelo… Ha sido una semana durilla, preparando equipaje, procurando no olvidar nada, y sobretodo, despidiéndome de toda mi gente. Muchos son los que me han dicho “que nos mandes correos”, “que actualices tu blog y nos cuentes todo lo que vives”, “que nos mandes fotos”… Así desde el lunes. La verdad es que me siento extraña. Siempre he sido de las que se despide de alguien que se va, y ser esta vez yo la que se marcha, me parece como salido de una película.
Pues sí amigos bloggeros… La próxima entrada de este rinconcito que es Caos de Mundo será desde Londres. No os puedo decir cuando será, pero prometo que haré todo lo pueda para que sea lo más prontito posible.
Lo dicho, que aunque sea desde otro país, y fuera ya del continente, esto seguirá abierto, para seguir reencontrándome con vosotros….

Hasta muy prontito.

viernes

KAYACS, DESPEDIDAS, SOLECITO Y CUENTA ATRÁS

El fin de semana pasado rompí con la rutina veraniega. Bueno en realidad es que el verano, muy rutinario no está siendo, pero sí muy casero. El caso es que mi amiga E se casa el próximo 13 de setiembre. Una alegría sí. Pero también una gran penita. Y es que por esos azares de la vida, servidora entra a vivir en su nuevo piso londinense ese mismo día. Ya es mala suerte que la primera boda que tengo en mucho tiempo, sin tener que ir a remolque de mis padres, y además de una amiga, es el mismo día. Seguro que si se planea no sale tan bien. A lo que sí pude ir fue a la despedida de soltera, que se alargó durante todo el fin de semana pasado.

La “fiesta” empezó el viernes por la noche. Éramos unas 18 y nos fuimos a cenar a la pizzería. Bueno no éramos tantas al principio, pues a la novia la llevábamos engañada a la cena. Nunca había podido terminarme entera las pizzas de ese restaurante, pero el viernes, a la diez y pico de la noche y después de no comer nada des de las dos y media de la tarde, tenía el estómago que me pegaba más rugidos que un león “cabreado”. Me supo a gloria, pero la noche que me dio el “pizzorro” en el estómago tuvo bastante más de infernal. Y encima me acosté a las dos de la mañana. Una resaca de pizza me asaltó el sábado por la mañana cuando sonó el despertador a las ocho en punto. Me esperaba un día muuuuuy largo. Tuve que preparar la maleta para todo el fin de semana, porque a las cabezas pensantes de esta despedida de soltera organizaron un sábado y un domingo para no parar. A la nueve y media nos concentramos en un aparcamiento muy cerquita de casa.

Entre que llagó una y la otra, a las diez y cuarto nos encontramos todas. En pantalones cortos y con camiseta blanca. Era inevitable que se nos divisara claramente por la calle. La fuimos a buscar a casa, cantando y llamándola a gritos desde el principios de su calle. La pobre bajó cargada con la bolsa de deporte, con una carita de asustada la pobre. Y es que no me extraña… Veinte locas de veintitantos pegado gritos a las diez de la mañana y sin saber exactamente qué le tenían preparado.

No me querría ver en una situación como esa. Bueno en realidad es que no me veo. No me veo ni de despedida de soltera siendo yo la novia, ni muuucho menos vestida de blanco esperando casarme con vete tú a saber quien. Jujjujujuju ni en los sueños más raros que tengo (y tengo muchos raros) me veo en esa situación. Pero eso es otra cosa.

De su casa nos fuimos a desayunar. Un cruasán y un cortado con hielo es lo que me sirvió la novia reconvertida en camarera, en una de las terrazas con las mejores vistas de la ciudad.

Un rato de charlas y risas entre amigas, y salimos hacia nuestro destino. Primera parada: Verges. Motivo: Una comida en plan picnic en el claro de un bosque. No os podéis imaginar la estampa que teníamos…

Una hora escasa después ya estábamos otra vez de camino. Ahora sí que empezaba lo gordo… Y fue…

No os podéis imaginar la panzá de reír que nos pegamos. Teníamos que estar muy alerta porque a la mínima que nos despistábamos, nos íbamos de cabeza a la orilla del río y nos pegaban unos azotes las ramas de los árboles y los arbustos.... Dos horas y media tardamos en recorrer siete kilómetros y medio del cauce de un río muy tranquilo. Y mi mano, después de agarrar mal la pala de remos (lo reconozco, porque soy tremendamente patosa), me quedó así.


Este era el color por la noche, antes de acostarme. Pero es que el lunes, cuando me levanté, la mano estaba amirillo-verdosa. Menudos cardenales más monos me han acompañado durante la semana…

Pero volvamos al sábado… Una vez acabamos la aventura del kayac, nos pegamos una buena merendola a base de pan con Nocilla, Filipinos de los tres colores, fruta fresquita y un buen baso de refresco con hielo. ¿Quién se resiste a unos manjares merendiles tan atractivos como estos? Os aseguro que allí no se resistió ninguna de nosotras. Recargamos las pilas y enfilamos carretera y manta otra vez, hacia el hotel que teníamos reservado para cenar y pasar la noche. Llegamos casi una hora y media después. Un sábado a las ocho de la tarde y último fin de semana de agosto, es la conjunción perfecta para encontrar retención en la carretera. Llegamos al hotel hechas polvo… Pero no había lugar para dormirse en los laureles. Eran las nueve en punto cuando entramos en el hall del hotel.

Eramos 21 y teníamos que ducharnos y arreglarnos en menos de media hora. Os podéis imaginar la de corridas que tuvimos que pegarnos para llegar a la hora acordada. Pero fuimos todas muy puntuales. A las nueve y media (bueno sí, con unos cuantos minutillos más tarde, lo reconozco) entrábamos en el salón que nos tenían reservado para la cena.

Una de risas y cachondeo!!! Puaf! Que si una cena interactiva, que si ahora me pasas esto, que si ahora los chicos que también estaban de despedida de soltero empiezan a llamar a sus novias o mujeres…

Y lo mejor… cuando entraron los camareros que nos sirvieron los postres y el café… A la novia la habíamos engañado de que tendría un boy (y ella no quería uno, de ninguna de las maneras) y cuando los vio entrar, puso una cara! Un poemilla! Una falsa alarma para ella, pero que no evitó que nosotras empezáramos con el cachondeíto de turno. Además, uno de ellos, nos siguió la coña y nos pegamos unas risas muy buenas. Al final acabamos haciéndonos fotos con los dos, y uno de ellos seguro que presumirá de ellas cuando vuelva a su país, porque era polaco y al día siguiente volvía a su casa.
¿Y al día siguiente relax y playita? Sí, pero no de buena mañana. La resaca fue durilla.

Pero a las diez y media estábamos en el salón de los desayunos poniéndonos las botas para intentar reponer fuerzas. ¡Qué buenos están los desayunos en un hotel! Pan de todo tipo, embutidos, pastas y bollería, cereales, café, infusiones… Lástima que a mi me cueste bastante hartarme a comer por las mañanas recién levantada. Pero si hay que hacer un esfuerzo… se hace… ¡Faltaría más!.

Acabamos de desayunar y nos fuimos a la playa. Pero no a “tumbarrarnos” en la arena. Aún no había tregua para una a la que no le va demasiado eso de las actividades acuáticas. (Que sí, soy yo). Esta vez abandonamos los remos por una lancha a motor, que nos llevó a unas calas cercanas donde unas intrépidas sirenas se lanzaron al agua.

Servidora, que de intrépida en temas acuáticos no tiene nada, prefirió quedarse en a bordo y tomar el solecito. Pillé moreno, sí señor. Lo suficiente como para aterrizar el próximo viernes en Londres y que se note un poquito que soy mediterránea.

Y después de eso, una buena comidita en un restaurante enfrente de la playa para reponer fuerzas a tan trepidante mañana. Sí, digo trepidante, porque conseguir que yo me suba a una lancha motora a una burrada de velocidad, o que me pase casi tres horas remando en una canoa de kayac en medio de un río (por muy tranquilo que sea) supera todas mis expectativas para pasar un fin de semana.

No me van mucho eso de las actividades físicas. Quizás porque soy una patosa de cuidado y allá donde voy acabo tropezándome con lo que encuentro delante; o porque soy un poco endeblucha y me canso con facilidad; o porque las actividades en el agua me ponen un poco nerviosa pues al quitarme las gafas no veo absolutamente nada… El caso es que el fin de semana fue diferente, divertido, pero absolutamente agotador. Llegué a casa el domingo por la tarde, absolutamente hecha polvo. Más cansada que si hubiera estado una semana entera de vacaciones, y con la sensación de que había pasado mucho tiempo desde que me fui de casa el sábado a las nueve y media de la mañana.

Parece mentira lo lejos que parecía estar la despedida de soltera de mi amiga E, y resulta que ya ha pasado de largo. Si es que el tiempo corre o casi vuela cuando menos te lo esperas y que me lo digan a mí, que ya ha empezado la cuenta atrás. Faltan 6 días…