Era previsible. En casa se hablaba del tema desde hacía mucho tiempo, pero nunca nos lo tomábamos muy en serio. Que si es ley de vida. Que si tarde o temprano llegará el momento. Que si tenemos que prepararnos… Pero nunca te acabas haciendo a la idea del todo.
Pero sí, el momento llegó. El miércoles. No sé exactamente a qué hora. No he querido ni podido preguntarle más a mi madre. Solo sé que nos dejó para no volver. Que con las caricias de mis padres que no lo dejaron solito ni un momento, y con una inyección que lo sedó sin hacerlo sufrir, se quedó dormidito para siempre.
Era el más pequeñín de la casa. El más “follonero” y alegre. El que siempre estaba ahí a tu lado. Cuando estabas contenta y cuando rutina se derrumbaba un poquito. El que sin mediar palabra era capaz de darte un mundo entero a cambio. El que te miraba directamente a los ojos y te hacía creer por un momento que tú eras su único dios en esta tierra.
Nunca nos olvidaremos de ti. Nunca podremos borrar de nuestras memorias los maravillosos momentos que nos has regalado durante los quince años que has estado en nuestras vidas. Contigo hemos aprendido a ser mejores personas. Y lo hiciste dándonoslo todo, sin pedir nada a cambio. Y no te apenes. Nuestras lágrimas son de tristeza. De dolor. Por no tenerte ya con nosotros. Porque llegaste sin avisar, casi sin querer. Y te has ido también casi sin avisar, sin querer. Como lo hacen todas las cosas grandes e importantes que te suceden en la vida.
Descansa en paz amigo mío…
Pero sí, el momento llegó. El miércoles. No sé exactamente a qué hora. No he querido ni podido preguntarle más a mi madre. Solo sé que nos dejó para no volver. Que con las caricias de mis padres que no lo dejaron solito ni un momento, y con una inyección que lo sedó sin hacerlo sufrir, se quedó dormidito para siempre.
Era el más pequeñín de la casa. El más “follonero” y alegre. El que siempre estaba ahí a tu lado. Cuando estabas contenta y cuando rutina se derrumbaba un poquito. El que sin mediar palabra era capaz de darte un mundo entero a cambio. El que te miraba directamente a los ojos y te hacía creer por un momento que tú eras su único dios en esta tierra.
Nunca nos olvidaremos de ti. Nunca podremos borrar de nuestras memorias los maravillosos momentos que nos has regalado durante los quince años que has estado en nuestras vidas. Contigo hemos aprendido a ser mejores personas. Y lo hiciste dándonoslo todo, sin pedir nada a cambio. Y no te apenes. Nuestras lágrimas son de tristeza. De dolor. Por no tenerte ya con nosotros. Porque llegaste sin avisar, casi sin querer. Y te has ido también casi sin avisar, sin querer. Como lo hacen todas las cosas grandes e importantes que te suceden en la vida.
Descansa en paz amigo mío…













